TRAZO DE TIZA (Miguelanxo Prado, 1993)

He vuelto a toparme con este cómic por casualidad, y por esa misma casualidad lo he vuelto a leer. Esta segunda lectura de Trazo de Tiza años después de mi primer acercamiento ha sido mucho más enriquecedor; es como si hubiese descubierto una nueva obra. Es gracioso hablar del azar siendo éste la temática central del cómic.

Teniendo en cuenta que la narración acepta varias lecturas e interpretaciones, no es de extrañar que haya tenido la impresión de leer un cómic que desconocía; si lo revisase una tercera vez, estaría frente a otra realidad, otro punto de vista. Así de simple y de complejo.

Trazo de tiza tiene como punto de partida a Raúl, un viajero que con su barco se topa con una minúscula isla en medio del océano; un islote que no aparece en las cartas de navegación. Está habitada por un faro estropeado y una casa que hace a la vez de bar y fonda, con su dueña Sara y su silencioso hijo adolescente. El aislamiento de sus dos habitantes se ve de tanto en tanto interrumpida por algún viajero que viene a descansar o a reponer víveres. Cuando Raúl llega se encontraba allí Ana, otra viajera joven y poco comunicativa que dice estar esperando a alguien.

Un inmenso dique, un faro sin luz, una fonda vacía, las presentes gaviotas en un islote que se asemeja a un trazo de tiza. Este será el opresivo escenario donde se desarrolla la historia, aparentemente sencilla, pero que exige una lectura detenida y reflexiva. No pretendo contaros mucho más porque eso echaría a perder su encanto. Tampoco voy a hacer un análisis exhaustivo de la “intertexualidad” de Trazos de Tiza, ni de sus referencias bibliográficas ya que no es el cometido de esta reseña.

A lo que sí quiero hacer alusión es a la capacidad gráfica y narrativa de Trazo de Tiza. La sucesión de silenciosas y evocadoras imágenes dan un sentido y profundidad a la narración en la que no son necesarios los textos. Los colores fríos: azules, violetas y verdes chillones confieren al mismo tiempo tranquilidad e inquietud, realidad e irrealidad, contrastándose con las viñetas ocres. Tenemos viñetas impresionistas, y viñetas expresionistas podríamos decir por la aplicación extravagante del color (fijaos en esos verdes y rojos, casi fobistas). Las composiciones cinematográficas son excepcionales: el autor nos regala picados y contrapicados así como vistas aéreas muy notables.

La casualidad y el destino están presentes en la narración: Sara piensa que si coinciden tres barcos en la isla es un terrible presagio. Ana reconoce que “esta isla me predispone a creer en cosas en las que nunca había creído. En presagios, por ejemplo. Se diría que todo aquí, tras una apariencia real encubre una esencia extraña, como inmaterial, que nosotros, ajenos a la isla, no acertamos a entender. Apenas alcanzamos a intuirla, a presentirla”.
“Tal vez nada en esta isla tenga finalidad alguna y sea esa su especial particularidad”

Este pensamiento resume a la perfección la esencia de la historia. La gaviota que acompaña a Raúl casi constantemente en sus paseos, desarrolla un papel importante en la narración puesto que hace de confidente del personaje, es una forma de expresar en alto sus pensamientos. Asimismo, el diario que escribe Ana hace esa misma función.

El autor hace este acertado apunte al final de Trazos de Tiza:

El lector habrá ido valorando los diversos sucesos que se le han ido presentando, y, al final, después de leída la última viñeta, los habrá organizado de una manera determinada, llegando a una interpretación global de la historia.
Pero el conocimiento y el análisis de los hechos son casi siempre fragmentarios y especulativos. Eso hace que una misma cadena de acontecimientos pueda ser explicado de más de una manera. Y así, es muy posible que el lector haya llegado a conclusiones similares a las de Raúl.

Y es también posible que el lector haya entendido lo sucedido (mejor dicho, lo narrado) de forma bastante distinta a como Raúl lo ha hecho. Quizás haya reparado en algunos pequeños detalles que podrían ser considerados por otro lector menos meticulosos como irrelevantes, unos o achacables a mi descuido o a mi falta de rigor en la transcripción, otros. Este lector habrá descubierto, seguramente, una historia algo más compleja, acaso más inquietante, quizás más sorprendente. O, simplemente, distinta. Tal vez inverosímil.

Al primer tipo de lector podría sugerirle una revisión del libro, más exhaustiva, pero seguramente sea un esfuerzo que no esté dispuesto a afrontar. No se lo debo reprochar. Ni puedo asegurarles que tras esa segunda improbable lectura llegue a conclusiones distintas.


En cierto momento de la construcción de la narración pensé en incluir dos epílogos (que llegué a escribir y a planificar) que aportasen datos que hiciesen obvia esa segunda forma de entender la historia. Me inducía a ello la sospecha de que el lector de historieta no suele adentrarse profundamente en la obra; más bien la sobrevuela. Y temía que mi pericia no fuese la suficiente como para obligarlo desde el primer momento a cambiar ese hábito.
Sigo desconfiando de mi habilidad para conseguir ese propósito, pero ahora estoy convencido de que, de haber incluido aquellos epílogos, hubiese traicionado el espíritu del libro, aunque nunca haya sido mi intención seguir rígidamente los planteamientos de Borges y Bioy para aquella hipotética novela. Espero que en cualquiera de los casos la lectura no haya sido tediosa.


Por último, una puntualización.


Cuando “Trazo de tiza” no pasaba de esbozo emborronado y confuso, disperso en unos cuantos papeles, dos cosas estaban muy claras: habría un faro sin luz y un mensaje en una pared o un muro. El azar puso en mis manos, algún tiempo después, el libro de Antonio Tabucchi “Dama de Porto Pim”. Yo, que, como Raúl, no he leído a Chateaubriand, encontré la cita que incluyo en mi libro. Y encontré también el muro ideal para escribir en él el mensaje de Raúl. Mi agradecimiento, pues, a Antonio Tabucchi por ambos regalos.

Miguelanxo Prado.
Lubre, noviembre de 1992.


Es extraño, pero los iconos de este cómic me han llevado sin darme cuenta a la película de Lucía y el Sexo, de Julio Medem, a las escenas donde aparece una isla y su faro, una fonda, una mujer que no sabe qué esperar… se da la temática del azar, de la fantasía mezclada con la realidad…Medem hubiera sido el director perfecto para llevar al cine esta extraña y bonita historia.

nectarina.

Comments (1)

Biblioabrazoenero 10th, 2011 at 8:29 pm

Qué bien que hayas vuelto a escribir sobre ilustración ;)
Ana Nebreda

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